martes, 20 de marzo de 2018

EL PACTO, un relato de Violeta Balián



"El pacto"
Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)



"Un día, paseaba el rey junto al río que los griegos llaman Nilo y los hebreos Gihon, cerca de la ciudad, divirtiéndose con algunos amigos. Algunos de los caballeros usaron hábilmente sus lanzas para capturar algunos peces, que llevaron al campamento, donde los comieron. Entonces, el rey sintió los dolores de una antigua herida y sufrió una gran debilidad."
Fulquerio de Chartres: (1059 - 1127)


No recuerdo el sabor de los peces que comimos aquel día a orillas del Nilo, pero sí que la pesca fue abundante.  Poco  después, contemplando la belleza crepuscular del desierto, enfermé gravemente, y una templada mañana de abril de 1118, regresando a Jerusalén, entregué mi espíritu en el-Arish, un desolado sitio del Sinaí emplazado sobre la costa mediterránea. 

Yo, Balduíno, estoy muerto, pero no he desaparecido.
Soy un cadáver destripado, salado por dentro y por fuera, según las instrucciones que le di al cocinero poco antes de morir, y dispuesto sobre una litera para que esta noche continuemos con el viaje por el desierto.

Oh, y ahora, soy un espectro.
Era muy entrada la noche que siguió a mi muerte.  Me encontró en la ladera de un cerro cercano a el-Arish, asido de la brida de mi yegua Gaza´lla y sumergido en contemplación.  A la distancia, podía observar el campamento y los movimientos de mis tropas.  Allí estaban los cientos de hombres que hacía apenas unas horas conformaban mi ejército; los mismos que acompañaron las campañas militares que favorecía el Oculto, mi Maestro.  Los veía ocupados en encender las antorchas que iluminaban los preparativos para trasladar mis restos y entregarlos a los oficios del Santo Sepulcro.

Sí, estoy muerto. 
Por lo tanto, culminaron mis malandanzas, las que comenzaron hace muchos años en el Reino de Cilicia [1], o en la villa de Marash, donde murió mi esposa, Godehilda, quien, además, financiaba mi cruzada desde el día que abandonamos Flandes, decididos a reconquistar Tierra Santa.  Junto a su lecho de muerte, con profusas lágrimas rodando por mis mejillas, sopesé qué hacer de mi futuro. Y  presté especial atención a la opinión de mis camaradas.  Según ellos, yo era un hombre de enorme presencia y peregrino ingenio, atributos necesarios para participar en la Cruzada.  Entonces las lágrimas dejaron de brotar.  Fue así como me convencí de que sólo existía un camino: no regresar a Francia ni a la vida de clérigo que impondría mi noble familia. Mi destino era otro y lo encontraría en el Cercano Oriente. Procuré la ayuda de una flota de piratas de Boulogne, instalé mi propia guarnición y me uní a otros cruzados con quienes recorrí y ataqué las tierras bizantinas hacia el este, mientras dejaba engordar la codicia que me empujaba a ganar algún territorio y convertirme en un príncipe oriental.
Tiempo después y por obra del azar, advertí dos perros negros que me seguían por doquier; y al mirar en sus ojos fulgurantes veía conquistas y riquezas.  Mis compañeros, los que tenían más experiencia y tiempo en el lugar, me hablaron del Maestro Oculto y de los peligros de negociar con Él, pero tal era mi ambición que sellé un pacto, ejecuté sus órdenes y silenciosamente, ingresé en el laberinto de mis iniquidades.
Luego de algunas misiones de combate, mis compañeros y yo conquistamos Turbessel. [2] Con una pequeña comitiva, continué hasta llegar a la antigua Edesa [3] donde con mucha alegría me recibieron el príncipe Toros y su mujer.  Días más tarde, ante una muchedumbre y en una ceremonia tradicional, la pareja me adoptó como hijo y heredero.  Yo bien entendí que era un acto de desesperación por parte del príncipe armenio, muy necesitado de ayuda militar para combatir a sus enemigos internos como también a los turcos selyúcidas que invadían sus territorios.  No tardé en sentirme parte de la familia de Toros, pero, usaba mi tiempo de espera en seducir a una de sus hijas y otras doncellas.  Muy pronto, mis ambiciones políticas me llevaron a conspirar con los enemigos de Toros, a forzar al viejo príncipe a abdicar y, finalmente, a entregarlo a manos de una turba enfurecida.
Muerto Toros, me convertí en el Conde de Edesa.  Su mujer y su hija habían desaparecido.  Me entristecía ignorar la suerte que habían corrido las mujeres, pero acepté la versión de que habían perecido durante el conflicto.  Sin embargo, hubo quienes aseguraron que las princesas habían huido al norte, buscando refugio en las tierras de Melitene,[4] que gobernaba Gabriel, el suegro de Toros.  En cuanto a mí, y al no haber rastro alguno de ellas, el camino al poder absoluto se fue despejando. Además, consolidé mi posición en Edesa contrayendo nupcias con Arda, otra princesa armenia.
Hasta aquí se iban cumpliendo las promesas del Oculto.  Razón por la que de ahí en adelante y en el ejercicio de mis nuevas funciones, me entregué a todo género de mentiras, engaños y artimañas.
Mi hermano Godofredo, rey de Jerusalén, murió de repente y sin descendencia. Por imperio de las leyes de la herencia, adquirí su trono.  Concedí las tierras y el gobierno de Edesa a mi primo, Balduíno de Bourcq, y partí hacia Jerusalén.  A mi arribo, fui coronado rey y Defensor del Santo Sepulcro mientras la población me vitoreaba como a un nuevo Josué, “el brazo derecho de su pueblo, el terror y adversario de sus enemigos”.  En palacio, los cortesanos me describían como “un hombre de porte muy digno, serio en el vestir y en su parlamento”.  Confieso que mi secreto consistía en seguir el ejemplo de mi padre, Eustaquio II de Boulogne, quien, en todo momento, llevaba un manto sujetado de los hombros que le llegaba a los pies.  Y a buen efecto.
En Jerusalén, me deshice rápidamente de mi reina, Arda de Armenia, acusándola de infidelidades con mahometanos. Desde luego, la acusación era falsa, pero según mis consejeros, el agravio le valía el encierro de por vida en una torre. Mi proceder fue injusto, pero Arda ya no me era útil porque en mi nuevo reino no había armenios.
Entré así en un nuevo capítulo de mi vida.  Mi política de gobierno consistió en intensificar mi comunicación con el Oculto, y recibir sus directivas.  A cambio, el Maestro me otorgaba total libertad para lo que yo quisiera hacer.  Henchido de regocijo y una inesperada sensación de amplitud, sus palabras me dieron la confianza para gobernar como me diera la gana, sin concilios ni ministros. Hice, sí, varias campañas militares, recorrí mis nuevos dominios, conocí a mis súbditos y elevé el número de mis tropas.  Entre una batalla aquí y otra allá, también acumulé vírgenes y mancebos para entregarme a los placeres de la carne.  En poco tiempo, abandoné los principios que aún me quedaban.  Cometí vilezas, crímenes, traicioné a mis caballeros y, ajusticié a muchos de mis leales.  Me sentía libre, pecando a sabiendas y manteniendo la esperanza o la ilusión de conocer, algún día, ese otro mundo donde reinaba el Oculto y yo, sería absuelto de mis pecados. 

¿Me abriría también Él las puertas a los cuatro ríos del Edén?
Al igual que mi hermano Godofredo, yo, Balduíno I, no tenía hijos con quienes fundar una dinastía.  Fulquerio, mi cronista y confesor, insistía con que tal resultado era un castigo de Dios.  Me había alejado de Él.  Respondí a sus exhortaciones cristianas contrayendo un matrimonio de conveniencia con una acaudalada condesa siciliana.  Con ella tampoco tuve hijos.  
Cinco años más tarde, erosionado física y espiritualmente, enfermo y más que ciego a mis culpas, excesos, a la censura eclesial por bigamia, con muchas victorias y alguna que otra derrota, más amparado en mi fama de "cruzado endemoniado", me propuse recuperar mi lugar ante Roma.  Con ese objetivo emprendí una última hazaña, la conquista de Egipto.
Día y noche, al frente de mi ejército, cabalgué las arenas sagradas de la via Maris.  A mis flancos, todo el tiempo, corrían como el viento mis dos perros negros, ladrando furiosos a la presencia de una mujer vestida de blanco que se aparecía en los cruces de camino. Mis tropas, conocedoras de las leyendas locales, la identificaron como a Hécate, la vengativa diosa lunar de tres cabezas, oriunda de Anatolia y cuyas apariciones, precedidas por una jauría de perros fantasmales y aulladores, causaban terror a la región.  Curiosamente, cuando finalmente se aproximaban a ella, mis dos perros negros quedaban inmóviles, incapaces de atacar. La antigua hechicera. riéndose a carcajadas me convocaba usando mi nombre.  Luego, cara a cara, me hablaba como una serpiente y, recordándome que ella era también la diosa de los nacimientos, levantaba un niño entre sus manos, proclamando una y otra vez ‒‒:
¡Hete aquí, el hijo que tanto deseabas, bígamo pecador!

En cada uno de esos encuentros, mis hombres y yo la veíamos en carne y hueso. No le temíamos. Pero ellos hacían la señal de la Cruz y confiaban en el Señor.  En tanto yo, ponía toda mi fe en el Oculto.  Salvo en mis momentos íntimos, de sufrimiento y reflexión, cuando me cuestionaba si lo que Hécate decía era verdad, que yo había sido un padre ignorante de su condición.  Porque si así fuera, tal nacimiento habría ocurrido en Edesa, en el castillo de Toros, poco antes de la revuelta, o en Melitene, en la fortaleza de Gabriel.  No tenía indicios.  Habían pasado muchos años y lamentaba amargamente el resultado de mis malos actos.  Como tampoco se me pasó por alto la ironía, que el destino o los designios de cualquier procedencia, hubiesen querido que mi hijo y heredero fuera también el hijo del pueblo al que tanto le debía y tanto daño le había hecho, un niño armenio o un hombre hecho y derecho que por esos días caminaba las tierras de Cilicia. Hécate, sus apariciones y sus palabras me habían dejado el corazón destrozado.  No lo dudaba, Dios me había castigado. Pero ¿qué hubiera argumentado Fulquerio, si la consecuencia de mis pecados formaba también parte de los planes que el Oculto había trazado para mí
Llegamos a Egipto, vencimos a nuestros enemigos, saqueamos Farama [5] y acampamos a orillas del Nilo.  Con el primer barco que zarpó de Alejandría, envié un mensaje al Santo Padre para asegurarle que nuestros avances habían afianzado la defensa de la Tierra Santa.  No obtuve respuesta:  no sabía que el Papa Gelasio había sido expulsado por el Emperador. Roma no era ni sería mi aliada, y tenía sospechas de que mi gesta no quedaría registrada en la historia de la Roma papal; en el mejor de los casos, sería incorporada a los anales de la Cruzada o, a las crónicas de Fulquerio de Chartres.  En realidad, todo ello tenía tan poca importancia. En mi vida, suspendida sobre el abismo, reposaba aun la certeza de que nadie, ni Roma ni mis allegados conocían los secretos que guardaba mi alma.  ¿Cuán lejos estuve de mi propia leyenda? Muy lejos. ¿Existía aquel que hubiese descubierto que mis victorias se debían a las intervenciones del Maestro Oculto con quien había pactado allá en Cilicia?  No, no lo creía.

Estoy muerto y soy un espectro.
Permanecí el resto de la noche en el cerro que vigila el-Arish, en mi puesto, asido de la brida de mi yegua Gaza’lla, acompañando la marcha lenta de mis soldados hasta que uno tras otro, fueron desapareciendo en la oscuridad del desierto.  Y pensé: ¡Cuán peligroso era vivir entre los hombres y cuánto más triste vivir alejado de ellos!  Pasaron las horas.  La totalidad de mi existencia se tornó irreal e insignificante.  Yo, poderoso rey y líder de los cruzados me había transformado en un fantasma solitario, acechado por las sombras y el silencio alrededor. 
Poco antes del alba, Gaza’lla olió la tierra y miró a lo alto.  Sin vacilar, caballo y jinete dimos la vuelta y trepando en línea recta, fuimos a dar al frente de una cueva.  Dentro, unos escalones conducían ante la imagen de piedra de una diosa de tres cabezas y mirada penetrante.  En su regazo, descansaba una cabeza humana y en lo alto, sobre las coronas adornadas de cráneos, zumbaba un enjambre de abejas.  Mis dos perros negros le hacían guardia.  No me reconocieron.  No importaba.  Mi alma y yo acabábamos de llegar a ese lugar o donde fuera que se hallara mi destino final.  Habíamos cumplido. Salvo mi cuerpo, que no había sido enterrado aún y no se había deshecho de sus impurezas.
Pero ahora que mi alma y yo estábamos más allá de la muerte,  ¿qué recompensa guardaba el Maestro Oculto para mí?
Temeroso, retrocedí unos pasos y reparé, en la arena, las huellas de todos aquellos que se acercaron antes que yo anticipando una comunión con el Maestro.
En ese instante, oí el reproche articulado del Oculto ---: ¿A qué has venido, Balduíno, rey de Jerusalén? Bien sabes que los muertos no me interesan.

Violeta Balián ©2018


[1] El reino armenio de Cilicia (también conocido como Pequeña Armenia, Armenia Cilicia, Reino de Cilicia o Nueva Armenia) fue creado en la Edad Media por refugiados armenios que huyeron de las invasiones selyúcidas en Armenia.
[2] Turbessel, antigua ciudad en las cercanías de Gaziantep, en la Turquía actual.
[3] Edesa o Urfa (Sanliurfa) en la Turquía actual.
[4] Melitene, antiguo nombre para la ciudad de Malatya en la Turquía actual.
[5] Antigua Pelusio.





miércoles, 25 de enero de 2017

LA CONCUBINA



"Neko transfigurado"
Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)


un gato errante
dormido en las rodillas
del gran Buda
Kobayashi Issa (1763—1828)


Todo el mundo hablaba de Osaki, mi amo.  De sus famosas estampas ilustradas con geishas y gatos en las ventanas. O de la incipiente ceguera que lo redujo a pintar solamente gatos porque, como él mismo decía, conocía sus formas de memoria.  Las geishas, explicaba el Maestro, no eran más que un recuerdo lejano.  Pero, sus amigos y colegas, indignados ante la penosa condición en la que se encontraba Osaki, le echaban abiertamente la culpa a Kuro, su desquiciada y caprichosa concubina.  Corrían rumores de que la mujer, puertas adentro y espejo en mano, acosaba al Maestro sin cesar:

--¿Es que no te das cuenta, Osaki? Aun soy bella, pero tú, ya no me pintas ni me amas.

En retrospectiva y desde mi humilde posición, estoy convencido de que la indiferencia que el amo desplegaba hacia su mujer, hizo que Kuro descargara su amargura en lo que ella más detestaba y el Maestro más amaba: un servidor.  De la noche a la mañana, a escobazos, la criada me sacó de la cocina.  Y, al igual que los cuencos, desaparecieron el agua, las míseras sardinas, los restos de comida.   Por último, y para impedirme el fácil acceso al estudio del amo, cerraron puertas y ventanas.

Desterrado, salí a cazar. 

Un día, merodeaba yo por el jardín cuando la mismísima Kuro me atrapó, estranguló y envolviendo mi cuerpo en un tatami lo colgó de un árbol, próximo a la calle y a la vista de los transeúntes.  La gente, extrañada, señalaba las cuatro patas y el par de orejas que sobresalían del bulto mientras los niños se divertían arrojándole piedras.  Pero yo ya no sufría, no; acogido en los brazos del Buda Misericordioso sólo oía la voz de mi amo, llamándome, angustiado.  ¡Qué le habría dicho esa arpía para justificar mi ausencia! ¿Que yo no era más que un gato callejero y no valía la pena buscarme?

En su infinita compasión, el Buda se apiadó de los sufrimientos del amo. Antes de devolverme a este plano, me agració con dos estados, uno corpóreo y el otro incorpóreo,  a usar según los necesitara.  Fue así como conseguí entrar al estudio donde encontré a mi amo postrado y aturdido por su mujer.

--¡Osaki, ponte a trabajar que nos hace falta dinero! --gritaba Kuro.

Pasaban los días y el fardo seguía colgado del árbol. ¡Uf! qué asco, rezongaba la criada al verlo cubierto de moscas. 

Con la paciencia que me distingue, esperé mi oportunidad y tan pronto Kuro y la criada lo bajaron, me manifesté en carne y hueso.  Aterrorizada, Kuro echó a correr y yo tras ella.  La mujer tropezó, perdió sus chanclos y en la bruma alrededor tomó por un pasaje desconocido, con tal mala suerte que fue a dar en las aguas inmundas del canal Shimbashi en cuya desembocadura apareció el cadáver días después.

Cuando el invierno se anunció antes de lo previsto, me instalé en la casa del amo.  Una noche, junto a la lumbre, el viejo Osaki me dijo:

--Neko, no te vayas de mi lado.  El viaje definitivo lo haremos juntos, tú y yo, te lo prometo.

«Al buen tiempo, nueva cara», dicen por ahí.  De un salto me acomodé en su regazo, y el amo, finalmente en paz, se durmió al son de mi suave ronronear.

 Violeta Balián © 2017


miércoles, 4 de enero de 2017

DACHNAVAR: el vampiro armenio





“Crónicas de un viaje por el Cáucaso”
Barón Hugo von Röhrbeck
 Longmans, Green, and Co. (Londres 1881)




«A poco de desembarcar en Samsún y emprender un viaje de reconocimiento topográfico por tierras armenias, contraté un guía y nos unimos a una caravana que viajaba hacia el sur.  Una noche, acampados a cielo abierto observé que los viajeros, uno tras otro se acercaban al fuego y arrojaban cabezas de ajo para ahuyentar a los malos espíritus. Al desconocer el origen de tales creencias, consulté con el guía.  Ante mi interés el hombre tuvo un momento de vacilación, miró alrededor, y en seguida me habló del vampiro Dachnavar, que desde tiempos inmemoriales habitaba una caverna incrustada en el Monte Ararat. Y que era ésta la criatura alada que sobrevolaba la región marcando su señorío sobre los abundantes y profundos valles del país que ellos llaman Hayastán.  Por otra parte, obsesionado con los intrusos, el vampiro había decretado que todo aquel que incursionara en su territorio o revelara el número secreto de sus valles, sufriría un castigo mortal o sea, una muerte peculiar dado que el monstruo atacaba a sus víctimas mordiéndolas en las plantas de los pies. 

Las infamias del Dachnavar perduraron por siglos y siglos hasta que un buen día encontró a su digno adversario en dos astutos extranjeros comisionados para hacer un conteo de los valles. Los  hombres, advertidos por las gentes del lugar se echaron a dormir poniendo los pies del uno detrás de la cabeza del otro. Horas más tarde, en la oscuridad, el Dachnavar dio con una cabeza. Tanteó el lado opuesto y allí también había una cabeza.

Humillado, protestó ‒‒: Vaya, he recorrido los 366 valles de estas montañas y bebido todas las sangres posibles sin haberme encontrado jamás con una criatura sin pies y dos cabezas‒‒.

‒‒A nuestro vampiro no le quedó sino un recurso: abandonar el país para nunca más volver.  Ahora, todos conocemos el número de sus valles  ‒‒ dijo el guía azuzando el fuego.

Pregunté qué certeza había de su huida.
‒‒Ninguna, effendi.  Pero hay rumores de que continúa en su caverna. También que le han visto recorrer, melancólico, desiertos y llanuras—. 

Al amanecer, estalló un clamor entre la caravana.  La noticia era terrible; mi guía había muerto y mostraba lesiones en los pies.  Perplejo, levanté la vista y a la distancia, distinguí la silueta negra de un jinete y su cabalgadura. Luego, no se vio sino polvo y por fin, ni polvo siquiera.»


Violeta Balián @ 2017

sábado, 21 de mayo de 2016

LA SONRISA ENVANECIDA



Ilustración de Miriam Ascúa (Córdoba, 2014)


…sí, mirando atrás, me recrimino por no haberle prestado atención a la perra, a su mirada inquieta cuando se resistía a pasear por el sendero sinuoso del pequeño bosque que nos dejaba en la calle donde podía corretear a gusto". 

Aquella tarde de otoño oscureció más temprano y apuramos la vuelta. Subíamos las dos por el camino cuando me pareció ver luces en la planta alta y una silueta contra la ventana, corriendo la cortina. Me sorprendió. Según la agencia, no había nadie en la casa.

Lucy terminó de comer y se echó a los pies de un sofá. Con algo de tiempo entre manos, y seguida de cerca por el retumbar de mis pasos sobre el piso de madera enfatizando el ambiente lúgubre de la casa, curioseé las fotos de la familia.  Las había por todas partes, sobre las consolas, el piano de cola, los corredores y el estudio. Me llamaron la atención los retratos que colgaban de las paredes, y todos con la imagen de una misma mujer repitiendo la sonrisa envanecida, el estilo y la belleza de la legendaria Lauren Bacall.

A la tarde siguiente, después de la caminata se me presentó, fugaz, la visión de una mujer alta subiendo las escaleras y la perra corriendo tras ella.  Desconcertada, me cercioré de que la perra estaba a mi lado. Entonces fui a la cocina para prepararle la ración.  En plena tarea, me aturdió un ruido infernal. Los aparatos electrodomésticos y los relojes se dispararon al unísono y las canillas, abiertas, descargaban chorros que desbordaban hasta el piso. Manipulé interruptores.  Cerré la llave del agua. No sirvió de nada. Presa de la desesperación, llamé al cliente que estaba en Boston. Tan pronto se escuchó su voz, milagrosamente retornó la calma. Falsa alarma, mentí y expliqué:

‒‒ Lo llamé porque no quería molestar a su esposa.

‒‒¿De qué esposa me habla? Mi mujer, Charlotte falleció hace tres años. Por insistencia de mi terapeuta finalmente me animé a salir de viaje, a dejar la casa y la perra al cuidado de extraños, y de pronto, todo enloquece. ¿Cómo está Lucy?

Confundida, informé que la perra estaba bien y corté la comunicación.  Al instante sonó el teléfono.  Convencida de que era el dueño de casa, contesté.  No había nadie al otro lado de la línea. Pero apenas colgué, el teléfono volvió a sonar. Asustada, lo dejé sonar y sonar mientras intentaba llamar a la agencia con mi celular.  No había señal. Corrí afuera, al auto.  El viejo Volvo se negó a arrancar.  Abatida, volví a la casa donde al parecer, todo estaba tranquilo y la perra seguía a los pies del sofá.

Hasta que alcé la vista en el preciso instante en que Charlotte emergía y su suéter negro agravaba el ondular siniestro de su rubia cabellera. Me dedicó la sonrisa del retrato y levantando el brazo como si fuera una vara invisible, azotó con fuerza al animal que gimió hasta quedar inmóvil. Quise interferir, increparla, atacarla, todo al mismo tiempo. Fue inútil.  Charlotte ya subía las escaleras y la sombra de Lucy detrás.


Violeta Balián @ 2014


Nota de la autora:   La Sonrisa Envanecida forma parte de la antología de cuentos fantásticos Rumbo a Zoar y otros relatos de Violeta Balián publicada en 2014 por Eriginal Books, Miami, Florida EE UU

jueves, 19 de mayo de 2016

MADRE DE NUEVOS HOMBRES...

Ilustración de Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)
                                                                                                                                
«La suerte de los homínidas está echada. Sucumbirán a las aguas, a los hielos y al letargo milenario que eliminará todo rastro de vida de la faz de la Tierra.  El tiempo apremia. ¡Oh, Vishnaks, raza alada, raza gloriosa.  Los Inmortales os  convocan y demandan vuestro sacrificio. Uníos a los homínidas. Engendrad una raza de nuevos hombres que sobrevivirá miles de años y renacerá con el deshielo. La Tierra devendrá vuestro dominio!» exhortó el Vidente.

Nunca valoré los ciclos ordenados por los dioses, sin embargo, esta vez presté atención, entusiasmada con la idea de convertirme en una “madre de nuevos hombres”.  No dudaba que moriría en el intento pero me alentaba Lesq, el guerrero asignado a acompañarme.  Fue él quien consiguió que los científicos me entregaran el singular fruto de sus experimentos: una quimera con cabeza de perro, ojos suaves, largo hocico y extremidades de tarántula cuyo propósito era dispersar los códigos genéticos encapsulados en su organismo. 

Al verla, desbordé de amor y compasión. Sin atender a las instrucciones ni a mi familia que ya me despedía como a una heroína, la retuve entre mis alas y juntas, cubrimos incontables distancias antes de penetrar un aire nuevo, translúcido y desnudo.  Finalmente, reposamos en una playa. El sol quemaba. Plegué mis alas y permanecí tres días enroscada, boca abajo sobre la arena, arrullada por la quimera.

Al cuarto día apareció Lesq.  Traía consigo estrictas instrucciones del Vidente: debíamos tomar caminos separados. A Lesq le correspondía impregnar la mayor cantidad de hembras homínidas y a mí, cumplir con las órdenes que había recibido.   ‒‒Recién entonces gestarás híbridos ‒‒amenazó Lesq.

Angustiada, levanté vuelo para atravesar la aridez y la soledad de los valles. Llegué a la cima de una montaña.  A lo lejos, divisé praderas, aldeas, ciudades y humo, vestigios de antiguos imperios homínidas.  El desasosiego me hacía vacilar. Pero de pronto, respondiendo a un impulso, extendí las garras, tomé a la quimera e iniciando un ascenso pesado la dejé caer en medio de un campo.  Sin más, proseguí hacia las ciudades con sus torres y su gente, infundida con la urgencia de mi misión: producir una nueva raza de hombres y después, morir.

Violeta Balián ©2015

domingo, 10 de enero de 2016

TROPICAL GARDENS

"Bella transfigurada"
Miriam Ascúa (2013)

Cuando Annie y Robert Wilson perdieron a su único hijo durante la invasión a Irak, vendieron su casa de Chicago y partieron al estado de la Florida, a instalarse en una comunidad privada para gente de la tercera edad.  

Pero, apenas llegados, el administrador los interpeló:

‒‒En Tropical Gardens no se aceptan mascotas. ¿No leyeron el panfleto con los reglamentos?

Sin más, so pena de cancelarles el contrato, la gerencia exigió que se deshicieran de la suya. Desconsolados, los Wildon procedieron a sacrificar y luego embalsamar a Bella, su vieja perra. 

Annie no dejaba de llorar. ¿No fue suficiente castigo haber perdido un hijo en combate y ahora esto?  

--Robert, nos equivocamos-- repetía la mujer hasta el cansancio convencida de que  pronto enloquecería. 

Solos, sin familia, sin afectos, poco dinero y atrapados por un clima que no les daba tregua, los Wilson se resignaron a vivir el resto de su existencia en Tropical Gardens. Así y todo, la unidad que ocupaban en la planta baja del Complejo B daba a un enorme jardín donde a la sombra de unas palmas gigantes, protegida por un gran sombrero y anteojos oscuros, Annie descansaba en su reposera y se entregaba a sus ensoñaciones.  

‒‒Necesita tomar aire, huele mal  ‒‒dijo Robert colocando a Bella en una silla, próxima a su mujer.  Ella no contestó.

‒‒¡Qué perro tan simpático! dijo alguien que pasaba por el jardín. 

Annie, bajándose los anteojos hasta la nariz vio a una mujer joven y desconocida acariciando la cabezota de Bella. No habia nada de extraño en eso. Los vecinos y también las visitas a la comunidad que no conocían su historia, solían hacerlo a menudo.  Sin embargo, en esta ocasión Annie observó que tan pronto la mano de la extraña tocaba la pelambre endurecida y seca de Bella, la perra revivía, movía la cola y la miraba con ojos brillantes y húmedos. 

‒‒Por Dios, si esto no es magia, entonces no sé que es.  Ni siquiera es la hora de mi gin and tonic  ‒‒murmuró Annie saliendo de su letargo. Miró a su alrededor buscando a su marido y lo vio conversando animadamente con la joven  y el hombre que la acompañaba. 

‒‒Darling, son los nuevos inquilinos, viven al fondo del pasillo.

Annie respondió con un movimiento de mano.  

Los Wilson invitaron a la pareja a pasar al departamento y tomar algo.  Estos chicos eran muy simpáticos,  Trabajaban en la NASA y les gustaba viajar.  

‒‒¡A nosotros también! ‒‒dijo Annie apurando la copa de vino. ‒‒Pero nada de museos, no, yo prefiero Disney.  Es impresionante cómo esta gente, en instantes, te transporta a otros mundos y por tan poco dinero ‒‒.

Robert, encendiendo un cigarrillo, confesó que a él también le gustaría viajar, sí, pero por el espacio y, de paso, explorar Marte.  Pero de pronto calló; acababa de ver a Bella sentada en el sofá, al lado de la joven.
‒‒Estoy alucinando.
‒‒Todo es posible ‒‒le aseguró el hombre con una mirada extraña.

Poco después, la joven pareja propuso que los cuatro, juntos hicieran un viaje.  ¿Qué tal si salimos mañana, a primera hora,  a Cañaveral y luego a Orlando?  Cada uno en su auto. ¿De acuerdo?  

Los Wilson que no cabían en sí de entusiasmo, fueron a ver a Trudy, la vecina de al lado para comunicarle sus planes y entregarle las llaves de su departamento.  ¿Nuevos inquilinos? ¿Están seguros? ¿Jóvenes? No puede ser, aquí no hay nadie menor de 65, protestaba la mujer.

Al mediodía siguiente, el encargado de jardines se encontró con un perro embalsamado flotando en la piscina comunal, Trudy, alterada por la noticia corrió a explicar que Annie y Robert Wilson habían salido de viaje esa misma mañana. Sí, muy temprano. En su auto, claro. Y le habían dejado las llaves del departamento.  No entendía, agregó, eso del perro en la piscina porque con sus propios ojos había visto a Bella, la vieja perra de los Wilson "vivita y coleando" en el asiento de atrás. 



Violeta Balián © 2013

Júpiter, Florida

EL NÚMERO

El número 9
Miriam Ascúa (2013)



Hace unos años, en un vuelo a California, conocí a Larry Wilkins, el famoso experto en numerología.  Como es habitual, intercambiamos tarjetas de negocios.

‒‒Ah, trabaja en finanzas ‒‒comentó.
‒‒Así es, pero hábleme de lo suyo, Larry.
‒‒Si así lo desea.  Veamos, gracias a mis años de estudio y larga experiencia, estoy convencido de que los números no sólo son importantes sino también peligrosos‒‒. 

Larry analizó la fecha de mi nacimiento, hizo unos cálculos y me entregó la extraña noción de que el resto de mi vida dependía del número 9 o una combinación de dígitos que sumara o se redujera al 9.

‒‒Por sobre todo, evítelo y tenga cuidado de que no esté entre los números de la casa, el teléfono, vuelos, trenes, canales de televisión, cuentas de banco o habitaciones de hotel ‒‒advirtió.

Se lo comenté a mi mujer.   ‒‒Pamplinas, el 9 es un número humanitario y espiritual.

No obstante, a partir de ese momento absorbí una preocupación que me provocó serios malestares: ansiedad, sudores, palpitaciones y migrañas.  Al regresar de mi viaje lo primero que noté fue el número de nuestra casa, 720.  Entonces solicité al Municipio que lo cambiara al 722.  Los 9, 18 y 27 de cada mes, no salía de casa ni iba a la oficina. Prohibí todo festejo conectado con el 9.  Hasta usé calcetines medida 10.

Mi familia  sospechó que sufría de una fobia importante. Tenían razón.  Consulté con un psicólogo.  Nada. Así, durante 9 años cohabitaron en mi memoria las ominosas palabras del ya fallecido Larry Wilkins ‒‒: Respete el 9 o no vivirá para contarlo‒‒.

Cuando la empresa me pidió que asistiera a una reunión de directorio en otra ciudad, viajé a ésa la noche anterior.  Temprano en la mañana, me dirigí al edificio designado con la intención de subir al piso 51.  En pleno ascenso, me percaté de que me había embarcado en un “viaje expreso al 45.”  Aterrorizado, le rogué al ascensorista que me permitiera salir.

‒‒Imposible, señor, el viaje se ha programado electrónicamente.
‒‒¡Por favor, tengo una emergencia! ‒‒grité, desaforado.   ‒‒¡Los haré responsables!  ‒‒amenacé.

Finalmente, el hombre consiguió manejar unos cambios y la puerta se abrió. Tomé las escaleras y bajé a la calle. Abrí el móvil.  Marcaba Nueva York 9:00 horas martes 11 septiembre 2001.  A mis espaldas, rugió una explosión. El edificio que acababa de dejar se desmoronaba en una nube de polvo. Enloquecido, corrí varias cuadras en la dirección contraria. En un momento me detuve, exhausto. Entré a un bar y pedí un trago.

—Son 11 dólares, señor.  

Entregué un billete de 20. El mozo me devolvió 9 dólares.

—Por favor, guárdeselos —le dije.


Violeta Balián © 2013


EL PACTO, un relato de Violeta Balián

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