miércoles, 25 de enero de 2017

LA CONCUBINA



"Neko transfigurado"
Miriam Ascúa (Córdoba, Argentina)




Todo el mundo hablaba de Osaki, mi amo.  De sus famosas estampas ilustradas con geishas y gatos en las ventanas, de la incipiente ceguera que lo redujo a pintar gatos porque, como él mismo decía, conocía sus formas de memoria.  También hablaban de su desquiciada y caprichosa concubina, la bella geisha Kuro, quien puertas adentro le acosaba sin cesar --: Osaki, aun soy bella y tú, ya no me pintas ni me amas‒. 

Por mi parte, creo que fue la indiferencia del amo lo que provocó que Kuro descargara su amargura en quien más detestaba: un servidor. De la noche a la mañana, la criada me espantó de la cocina a escobazos. Desaparecieron también las míseras sardinas y los restos de comida. Por último, cerraron puertas y ventanas para impedirme el acceso al estudio del amo.  Desterrado, salí a cazar.  


Un día, merodeaba yo por el jardín cuando la mismísima Kuro me atrapó, estranguló y enfardando mi cuerpo en un tatami lo colgó de un árbol, próximo a la calle. Los vecinos, extrañados, comentaban que del bulto sobresalían cuatro patas y un par de orejas. Los niños que pasaban se divertían arrojándome piedras. Yo ya no sufría, no; en brazos del Misericordioso sólo oía la voz del amo, llamándome. ¡Qué le habría dicho esa arpía para justificar mi ausencia! ¿Que yo no era más que un gato callejero y que no valía la pena buscarme? 


El Buda, en su infinita bondad me agració con un estado incorpóreo.  Así entré al estudio donde encontré a mi amo postrado y aturdido. 


--¡Osaki, a trabajar que nos hace falta dinero!-- gritaba Kuro. 


Afuera, el fardo seguía colgado del árbol. ¡Uf!, qué asco, rezongaba la criada al verlo cubierto de moscas.  Así que esperé mi oportunidad y tan pronto lo bajaron, me manifesté en carne y hueso. Aterrorizada, Kuro echó a correr y yo tras ella. La mujer tropezó, perdió sus chanclos y en la bruma alrededor tomó por un pasaje desconocido, pero con tal mala suerte que fue a dar en las aguas inmundas del canal Shimbashi.  El cadáver apareció días después. 


Noches más tarde, junto al brasero el viejo Osaki dijo ‒: Neko, no te vayas de mi lado.  Porque el viaje definitivo, lo haremos juntos, tú y yo, te lo prometo‒.  Dicen que al buen tiempo nueva cara. De un salto me acomodé en su regazo y el amo, finalmente en paz se durmió al son de mi suave ronronear.



 Violeta Balián ©2016

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